Escuchaba el sonido de la cerradura desde el sofá y casi podía notar como su olor llegaba hasta ella.
La mezcla de tabaco, café y chicle de menta invadía por completo sus sentidos y, disfrazado tras ellos, su perfume.
A veces se sorprendía cuando vestía una camiseta o echaba la mano al cuello y, sin querer, se encontraba con su aroma. Por haber guardado la ropa en el mismo sitio o por los besos del desayuno.
Era una mezcla perfecta que camuflaba el repugnante olor del tabaco, que ella tanto odiaba, y se impregnaba en la ropa, en la piel... Era el aroma del alma. De SU alma.
Uno nunca es consciente de todo lo que puede llegar a permitir cuando se enamora y ella había dejado a un lado el odio, lo había alejado de su vida.
Estaba enamorada y, sin quererlo, él se había convertido en su mayor vicio. Un vicio con olor propio y sin el que ya no se creía capaz de vivir.
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