martes, 25 de septiembre de 2012

Rutina.

"Buenos días", beso, desayuno en silencio, "que tengas un buen día".

Nada quedaba ya del simpático irlandés del que se había enamorado. Cada día era un infierno disfrazado de rutina.

Si tuviera que elegir una palabra para describir su relación con el paso del tiempo la primera sería, sin duda alguna, "felicidad".
Después de esa felicidad que viene de la mano de la novedad de tener a alguien nuevo con quien compartir emociones, vendrían también "aventura", "emoción", "amor", "convivencia" y, ahora, una lejana, muy lejana "rutina".

Ella lo intentaba, día tras día. Quería que todo saliese bien, le quería y su ego no le permitía otro fracaso amoroso.
Se consumía entre el trabajo, la casa y la inestable estructura de una relación que solo le proporcionaba soledad.

No se rendía pero sabía que volver a encarrilar esa misma vida le costaría un trabajo infinito y podía no dar el resultado que ella quería.
Era como intentar reparar la base de un castillo de naipes y pretender no tirarlo entero.

Coge papel y boli, se sienta, escribe y llora.
Las despedidas son tristes. Lo acaba de decidir. Se va.

Se lo imagina llegando a casa a la noche. "Buenas noches cariño, yo tener mucha hambre, muy cansado".

Ni siquiera se había molestado en aprender a hablar bien castellano.

"Culpable por haber esperado tu amor".

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