martes, 11 de septiembre de 2012

Brilla.

Entre la espesa niebla de una noche más que oscura se podía diferenciar la sombra de alguien que, siguiendo el rastro de su estrella, recorría los caminos de la soledad.

Con movimientos elegantes se desplazaba con decisión rompiendo la tranquilidad de un paisaje que parecía terrorífico.

Vagaba de un lado al otro como un alma buscando una razón para continuar y, cuando la dureza de las grises nubes le impedía ver su estrella brillar, detenía su marcha, paciente, hasta que la volvía a encontrar.

Así, el amanecer de un día tan gris como sus sentimientos llegó y, de en medio de la nada más absoluta, surgió una voz que la obligaba a seguir, al menos un día más, a continuar la persecución de su estrella.

Esa voz que, similar al sonido del viento, se apagaba poco a poco huyendo de una realidad cruel y de la insaciable sed de la soledad.

"Tú no te asustes de los vientos que yo te espanto a los diablos".

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