El viento silbaba insistente, como un niño que acaba de aprender a hacerlo y practica todo el rato.
Su pelo se mezclaba entre la oscuridad de la noche y sus pálidas y frías manos sostenían, cada vez con menos fuerza, una rosa que parecía crear espinas a medida que pasaban los minutos.
Podía notar el frío invernal recorriéndole el cuerpo entero pero, en su interior, su corazón latía más ardiente que nunca provocando en sus venas la sensación de calor más sofocante que había sentido jamás.
Llevaba dos semanas imaginando cómo sería su reencuentro, el momento en que sus manos volvieran a juntarse.
Tenía consigo la rosa, ya marchita, que él le había regalado cuando se fue. Todo tenía que ser perfecto.
Le esperaba con las ganas con las que la primavera espera a las flores, quería abrazarlo, sentirlo, quererlo.
Le esperaba, pero él nunca llegó.
"Si me quieres, aquí estoy".
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