Te apasionaba la manera en la que me obsesionaba por las cosas, como si "se te fuera la vida en ese texto, o en acabar el autodefinido sin mirar las soluciones".
Y yo me obsesioné con tu sonrisa y con hacerte feliz.
Lo malo de eso es que, como a uno de mis textos, te puse punto final sin haberme dado cuenta.
Me entretuve demasiado en explicarte de forma bonita, me perdí en tus detalles y, sin querer, te acabaste.
Lo intenté, seguí haciéndote reír.
Pero fueron tan pocas las ganas, que ni tú te lo creíste.
Y te pareció una buena idea dejar nuestra historia en puntos suspensivos.
Como si algo que ya se acabó, pudiera dejar de acabarse sólo por no decir "adiós".
Como si leer las soluciones antes, no tuviera nada que ver con que los pasatiempos sean retos.
O como si no me doliera tener que aceptar que ya no te quiero en mi vida, aunque me siga matando de calor tu manía de pasearte por casa con poquita ropa cuando hace frío.