miércoles, 2 de agosto de 2017

Invierno, todo el año.

Me tumbé sobre la cama, cerré los ojos y, por un momento, me vino el recuerdo de aquellos inviernos.

Los nuestros. En los que tu perfume se mezclaba con el olor a manzana y canela que llegaba desde la cocina.

Pasábamos la tarde diciéndonos lo mucho que nos habíamos echado de menos y, detrás de unas cortinas más viejas y gordas que los cristales, veíamos llover desde el sofá. 

Solías reírte de mí cuando me enfadaba por perder una partida en mi antigua maquinita de Tetris y descubría la diversión al fondo de tus ojos grises cada vez que entonabas un "déjame a mí", con la esperanza de que algún día te la prestara.

Pero no... 

Tú volvías a tu película cutre hasta que desaparecían las arrugas de mi frente.
Después me besabas la barbilla y la clavícula y ya no quedaba ni rastro de mal humor.

(Y te la habría prestado todas y cada una de las veces que supiste ser mi tabla de salvación, aunque nunca te lo dije.)

Y es que así... ¡Joder! 
¿A quién le va a importar que sea invierno todo el año? 



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