Los nuestros. En los que tu perfume se mezclaba con el olor a manzana y canela que llegaba desde la cocina.
Pasábamos la tarde diciéndonos lo mucho que nos habíamos echado de menos y, detrás de unas cortinas más viejas y gordas que los cristales, veíamos llover desde el sofá.
Solías reírte de mí cuando me enfadaba por perder una partida en mi antigua maquinita de Tetris y descubría la diversión al fondo de tus ojos grises cada vez que entonabas un "déjame a mí", con la esperanza de que algún día te la prestara.
Pero no...
Tú volvías a tu película cutre hasta que desaparecían las arrugas de mi frente.
Después me besabas la barbilla y la clavícula y ya no quedaba ni rastro de mal humor.
(Y te la habría prestado todas y cada una de las veces que supiste ser mi tabla de salvación, aunque nunca te lo dije.)
Y es que así... ¡Joder!
¿A quién le va a importar que sea invierno todo el año?
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