Voy a hacer un despegue de emergencia que me lleve a estrellarme contra tus brazos.
Voy a romper el cristal, como en situación de peligro, y saltaré sin parcaídas al centro de tu alma.
Sin chaleco, ni mascarilla, ni miedo.
Sin pensarlo dos veces, como se hacen las cosas que se desean realmente.
Ya sé que no ha llovido nada desde la última vez, pero la prisa me ha llevado a ahogarme entre los litros que no lloramos.
He tenido que perderme toda tu prosa y estoy vacía de morriña y llena de besos para darte.
Un taxímetro estropeado me habla de lo despacio que pasa el tiempo cuando no te tengo cerca, de lo caro que sale echarte de menos, de lo difícil de seguir sin ti.
Y es gracioso, porque ocultarte no sirve de nada.
Porque todo el mundo te conoció en el brillo de mis ojos, como se conoce al que corre hacia la puerta de embarque después de que hayan dado un nombre y un último aviso por megafonía.
Te he volado, pero ya se acabó.
Ya toca poner los pies en el suelo.
Y aterrizarte para que podamos despegar de nuevo.
