Cien.
Es un número bonito. Como su voz.
Grave, amable, apaciguadora.
Capaz de calmar a la más inquieta de las criaturas con una palabra dulce.
Cien son las veces que le diría que la quiero, si hoy la tuviera conmigo.
Cien... Para empezar.
Cien los abrazos, teniendo cuidado con sus frágiles huesos.
Cien, mínimo, las sonrisas diarias a las que me tenía acostumbrada.
Sonrisas delicadas y sinceras.
Elegantes.
Tan elegantes como su nombre, de flor.
Como toda ella.
Daría todo lo que tengo y lo que pueda llegar a conseguir por verla una vez más.
Daría mi voz por volver a escuchar su risa, o por volver a sentir sus manos entre las mías de nuevo.
Y sentiría que gano, aún perdiéndolo todo, si pudiese aconsejarme una vez más como sólo ella sabía hacerlo.
Acariciando una carcajada con la sabiduría que guardaba su garganta, quitándole importancia y haciéndome sentir que todo iría bien.
Felices cien a la Rosa más bonita de entre todas las flores.
Te quiere, "a túa miniña".