Sé que no es cierto, pero lo repite cada vez que se da cuenta de que me he vuelto a detener a la altura de su boca y que no puedo apartar la mirada de ella.
Recuerdo que la primera vez que nos vimos me fijé en que tenía una herida.
Le quedaba bien, como todo.
Más tarde descubrí que en invierno, cuando el frío se hace un hueco entre la gente, se le cortan los labios.
Y que, en el pliegue más bonito de su sonrisa, hay una herida que no se cierra porque nunca deja de sonreír.
A veces parece que le da una tregua pero, cuando su alegría infinita se vuelve a mostrar, un pequeño gesto de dolor le advierte que ha vuelto.
Está siempre ahí, regalándole un poco de ese encanto que hace que sea especial.
Más especial que nadie.
Podría pasarme la vida perfilando sus labios con la yema de mis dedos, bailando al compás al que me susurran que me odia y queriendo tener el poder suficiente para impedir que el frío nos encuentre.
A veces, cuando le pido que me bese "hasta que se me corten los míos", se enfada.
Entonces, trazo sobre su espalda el dibujo de sus labios con mi nombre que diseñé para soñar con su sonrisa las noches que duerme lejos. Y se le pasa.
"Mg", me dice. Y vuelve a sonreír abriendo la herida.

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