Me abraza el sofá y, sin querer ni poder evitarlo, me acuerdo de ti.
De cómo juraste, con una sonrisa, esperarme.
De cómo aguantaste miles de madrugadas mis idas y venidas.
De cómo estuviste, aún sin yo merecerlo.
Me acuerdo de la colección de botellas y copas vacías, cualquier sábado por la tarde, sobre la mesa del salón.
Me viene a la memoria el eco de tu risa mientras yo intentaba adivinar a quién imitabas.
Se te llenaba la boca diciendo que jamás te irías de mi lado y se te vaciaba el alma en cada "te quiero".
Nos sorprendía la noche jugando a "palabras encadenadas", sin saber que estábamos encadenando nuestras vidas.
Encadenando tus sueños a los míos, encadenando nuestra piel a los deseos del destino.
"Si algún día nos vamos de aquí, ten en cuenta que yo no sería feliz sin buen vino..." y dibujabas en tus labios la más tierna de las sonrisas, espantando todos mis temores.
Me abraza el sofá y, sin querer ni poder evitarlo, me acuerdo de ti...
Y brindo por nuestro recuerdo y por volverte a ver cosiendo esperanzas, con la delicadeza de tu voz, en el dobladillo de todos mis sueños.