Llegaste como si nada y fue como si todo encajase al instante.
Te cogiste a mi pecho y tus ojos me gritaron que solo teníamos sentido sujetándonos fuerte de la mano.
Me hiciste ver que el dolor es tan necesario como pasajero y que a veces merece la pena rendirse, para ganar las batallas que libramos sobre el colchón.
Y cuando yo susurro que “nada es imposible”, tú me replicas con media sonrisa y un “ni nadie”.
Que yo lo parecía y resultó que no.
Que lo único que me faltaba, para dejarme llevar, eras tú.
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