Me cogí un avión a tus brazos, sin meditarlo mucho.
Lo recuerdo perfectamente, porque aterrizó a las cuatro y diez y sonaba esa misma canción cuando recogí la maleta de la cinta.
Había llegado la primavera, lloviendo y cortándome los labios.
Mis ojos, grises de llorarte cien inviernos que se habían condensado en uno, estaban hartos de encontrarse con tus notas a lápiz en los márgenes de mi libro de poemas preferido.
Hartos de estar siempre a punto de olvidarte y que, en ese punto, aparecieras.
Y aunque entenderte era, a veces, más difícil que pronunciar seguidas una palabra que termina con ese y otra que empieza por erre... He de reconocer que mi voz sólo sonaba bien si tú le hacías los coros desde la cocina cualquier mañana de domingo.
Siempre fuiste lo mejor de las resacas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario