Pero, ¿a quién le importa eso cuando pronuncias mi nombre y a mí se me olvida respirar?
Tienes el poder de conseguir que me duela el alma, de tanto quererte.
Y me gustaría que entendieras que me sobran razones para sentir como lo hago, cada vez que tu acento acaricia mis oídos.
A veces levanto la cabeza y me encuentro rodeada de idiotas que no quitan los ojos de sus teléfonos, mientras se pierden las arruguitas que se forman alrededor de tu boca cuando algo te hace sonreír.
(O las que se dibujan al lado de tus ojos, cuando el sol se atreve a llenarlos de unos destellos parecidos a los que provoca, en los míos, tu llegada.)
Y es que, corazón, eres lo más parecido que existe a pasear entre nubes y consigues que vuele como nunca antes.
Convertiste tu pecho en mi aeropuerto favorito y me encanta viajar a ti.
Sin escalas, sin esperas, sin despedidas innecesarias.
¡Ya quisieran los aviones!
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