sábado, 23 de abril de 2016

El día que quisimos ser París.

Cierro los ojos y te fotografío. 
Ya eres para mí, para siempre. 

Recuerdo el día que te conocí y el día que me prometiste que una despedida no sería suficiente.

Y aquel día. 
El día que quisimos ser París.

Te besé en el hombro y sentí tu sonrisa. 

Te diste la vuelta y, temblando, descubriste que querías pasar el resto de tus días acariciando mi cara con tus manos. 

El nudo de tu garganta se quedó a vivir entre mi pelo y, restándole días a un adiós que creímos imposible, llegamos al lugar en el que los sueños se cumplen.

No fuimos París, ni Venecia, ni ninguna ciudad de esas que esconden lugares románticos.

Preferimos enamorarnos de nuestros rincones y cerrar los ojos para guardarnos para siempre en imágenes apiladas al fondo del alma. 

Como la del primer día, o la del último.

Como esa foto que se repite en mi cabeza, borrosa, en la que te estás alejando de mí. 
Para siempre.

Y vuelvo a recordar el día que quisimos ser París y sólo pudimos ser el principio del fin. 

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