Sonreía sin saber que, cuando estaba frente a mí, no podía pensar en nada más.
Nunca he sido lo suficientemente valiente para enfrentarme a nada y el amor, único enemigo invencible, no era un buen comienzo.
¿Cómo seguir luchando si pierdes la primera batalla?
Necesitaba decirle que su mirada era lo único que liberaba a mi alma de la penumbra en la que se había acostumbrado a vivir, que pensaba en su sonrisa y todos mis problemas se esfumaban, que soñaba, cada noche, que estaba junto a mí.
Decirle que, de los que me desnudaron el cuerpo, nadie me había desnudado el alma sin apenas rozarme.
Susurrarle cada minuto que, como el amor que yo siento, no hay dos. Hablarle con los ojos, permitirle entender mis silencios y esforzarme por entender los suyos.
Nunca antes me había enamorado y me di cuenta cuando su perfume se cruzó en mi camino despertando todos mis sentidos, haciéndome enloquecer.
Me obligó a sentir, por primera vez, que yo ya no era parte de mí, si no una pieza más del puzzle de su vida.
Colgada de su voz, de su acento, de su aroma. Con necesidad de su aliento.
Iba a decírselo. Ya no estaba.
¡Cómo me habría gustado ser valiente!
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