Caminaba a oscuras. Asustándose con las sombras que los árboles proyectaban en el suelo, estremeciéndose cada vez que una luz, salida de ninguna parte, la sorprendía en la falsa intimidad de la calle.
Avanzaba, con la mirada fija en el suelo, hacia ninguna parte.
Buscaba la serenidad que sólo una noche oscura y fría puede proporcionar.
Ardía por dentro, se helaba por fuera.
Era como un cachorrito abandonado que mira, con temor, todo lo que le rodea.
Se sentía pequeña, casi inexistente.
Pensaba en lo mucho que había cambiado su vida el último año y deseaba, profundamente, que siguiese fluyendo en la misma dirección los años que le quedaban.
No podía decir que su vida, hasta el momento, fuera un camino de rosas, sin embargo sólo tenía ganas de agradecer a todos los que le habían facilitado el paso.
Despedidas, bienvenidas, casualidades y causalidades había llevado su presente a un punto muy cercano al equilibrio perfecto. No permitiría que nada lo destruyese.
Seguía avanzando entre las sombras de la noche llegando ya, sin darse cuenta, a su portal.
Y allí la esperaba la casualidad más bonita de su vida con las manos en los bolsillos, la nariz coloreada por el frío, los ojos llenos de ilusión y el alma llena de esperanza.
De repente un abrazo y, en un movimiento fugaz, la noche se cambió por el día.
"Valió la pena tanta espera".