No puedo dejar de insistir en la idea de que nadie sonríe como tú, mientras tú le das vueltas a eso de que yo sonrío demasiado “para ser gallega”.
Y, una y otra vez, vuelves a la carga...
En tu línea, enlazando conceptos sin sentido y, de paso, mi vida a los talones de tus sueños.
Y te hago prometer que nunca besarás otros labios.
Y lo juras, porque prometer siempre te supo a poco.
Sin importarte si ese “nunca” dura para siempre.
¿Cómo no quieres que sonría?
(¿Y cómo pretendes que no te quiera? Si te acabas de alejar dos pasos y ya te echo de menos.)
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