Supe, por las tantas veces que nos dijimos "adiós", que tú preferías que me quedase y yo no quería haberme ido.
Alargamos la despedida como quisiera haber alargado la noche, si me hubieras pedido que te esperase, acariciando tu espalda hasta el amanecer.
Quería estar en el momento en el que decidieras que ya no me ibas a contar nada más sobre ti, porque te morías de ganas de abrazarme en silencio.
Quería que se cristalizaran mis sueños entre las lágrimas de tu voz, de madrugada.
Podría pedirte una despedida detrás de otra, con el único propósito de escucharte. De sentir tu voz muy cerca, acariciándome el oído y erizándome la piel.
Y, aunque encontrarte me resulta muy sencillo, ya no me basta con cerrar los ojos y que aparezcas para dibujarme una sonrisa.
Quiero ser la razón del brillo de tu mirada.
Quiero ese "adiós" convertido en "no te vayas" y que se rompa mi alma gritando que me quedaré.
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