jueves, 16 de mayo de 2013

Frente a la ventana una vez más. La lluvia de verano dejaba en evidencia, de nuevo, el poder del Sol.

El café instantáneo no es, de ninguna manera, una alternativa decente para cuando no hay café.

Miraba la lluvia caer y la vida pasar. Era observadora de las cosas que ocurrían a su alrededor y se sentía ajena al mundo en el que solía vivir.

Pensaba en la vida como un cubo de Rubik.
En la ilusión que hace resolver una de sus caras, dejarla apuntando hacia uno y olvidarse, por un instante, de que las otras caras están llenas de cuadraditos en caos, mezclándose unos con otros, creando un mosaico de colores que en nada se parece al de esa cara toda verde, perfecta y brillante.

Incapaz de ver que a las otras caras les faltaba el verde para completar la alegría de reunir todos los colores, se terminó el café y se metió en la ducha en el más absoluto de los silencios.

Aquel día, ni música. No hacía falta. No era un final feliz. Y los finales tristes, mejor sin melodía.

"Al menos me quedará soñar...", se dijo, "... para siempre".

Dejó el agua correr y, al lado de la cara verde (ahora no tan brillante) del cubo de Rubik, una carta.

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