viernes, 17 de agosto de 2012

Renunciar.

Allí estaba.
Observando desde el fondo de la explanada cómo cientos de jóvenes se divertían sin preocuparse por la hora que era.

Muchos de ellos, la mayoría, estaban poseídos por el espíritu de una borrachera que arrastraban a lo largo de la noche.

Desde su posición meneaba la cabeza diciendo "qué vergüenza, que chavalada tan irresponsable".

Nadie más que él sabe lo que en fondo estaba pensando. Sentía envidia de lo bien que lo estaban pasando. Pero envidia de la que duele.
Se daba cuenta de que era mayor y había desaprovechado su juventud haciendo lo que los demás querían que hiciera.

Jamás logró ser feliz, era como una máquina. Tenía tan poco carácter que parecía diseñado para cumplir con las órdenes de los demás. No salir, no beber, no divertirse, estudiar duro, trabajar más, ganar dinero.
¡Lo que daría por retroceder en el tiempo y conocer la sensación de una resaca de las gordas!

Había renunciado a vivir por el hecho de tener una vida.

"¿Dónde está la canción que me hiciste cuando eras poeta?"

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