Pequeñas emociones exteriorizadas en simples gestos. Una sonrisa, una lágrima, un abrazo, un beso...
Todo lo que marca el paso de un ser humano por la vida. Una vida prestada que, antes o después, deberá ser devuelta...
Y decisiones... Decisiones que marcan el rumbo de esa vida que ya es tuya temporalmente.
...
Allí estaba, sentada en su rincón preferido de la casa, mirando de reojo una chimenea que envolvía con sus llamas muchos de los recuerdos que aún quedaban de él allí.
Miraba a su alrededor y veía todo, absolutamente todo con lo que algún día soñara.
La casa de sus sueños, la vida que siempre quiso, todos sus deseos y caprichos de niña convertidos en realidad... Y aún así se sentía morir.
Tenía un dolor que le cortaba el alma en dos mitades. Una dejaba entrever lo que realmente era, una pequeña y miedosa niña con muchos temores. La otra, ahora empañada por las lágrimas, mostraba a una mujer dura, fría y con todo bajo control.
Nada de lo que había conseguido podía lograr hacerla feliz en ese momento. Todo lo contrario, lo único que podría devolverle las ganas de vivir era, exactamente, lo único que había perdido a lo largo de su vida. Él.
Su aroma aún flotaba en aquel salón casi burlándose de su dolor.
Sus armarios, ahora vacíos, esperaban ansiosos volver a cobrar vida con apagados y suaves colores tan característicos de su elegante forma de vestir.
El cepillo de dientes, ahora en singular, rompiendo la armonía de un baño diseñado para dos.
La cama, cual trozo de mármol, fría y grande espera volver a ser ocupada pero, esta vez, por un único cuerpo.
Atrás quedaron los momentos de pasión, amor, locura y desenfreno. Las sonrisas cómplices y los gestos que daban a entender todo con nada.
Y allí de nuevo ella... en su rincón favorito, frente a la ventana, sentada en su butaca y con una copa de vino.
Todo es diferente ahora.
Nadie vendrá a abrazarla haciendo que pose la copa con la certeza de tener un plan mejor.
Nadie llenará de luz su oscuridad y nadie impedirá que las gotas que tantas veces mojaron el cristal por fuera en la tardes del invierno se instalen ahora en sus pupilas.
Y allí, muerta en vida, empapada por la luz de un sol que brilla con toda su intensidad, allí, en la ventana, en la butaca, es desde donde le ve marcharse harto de sus caprichos y sus manías.
Y es desde allí desde donde, finalmente, las lágrimas que amenazaban con lanzarse al vacío, se secan agriando su carácter un poco más y jurando no volver a amar con esa intensidad jamás.
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